lunes, 14 de agosto de 2017

La senda de los elefantes

Domingo 13 de Agosto


¡¡Estamos de vuelta!! Tras unas vacaciones de esas que castigan en el cuerpo por los Pirineos, tanto en bici como a pie, y tras un bien merecido periodo de descanso, nos ponemos manos a la obra. Ya tocaba. Eso sí, medio grupo anda todavía disfrutando de los placeres veraniegos entregándose de manera efusiva al dios Baco y resistiéndose a volver al redil.

Aprovechando un paréntesis en los calores excesivos que nos azotan este verano, Milhouse nos propone una expedición por la Pedriza, territorio prácticamente desconocido para mí, salvo por las ya famosas zetas. Digo expedición porque nos prohíbe taxativamente usar el GPS. Si nos perdemos y nos come un oso, mala suerte. La verdad es que no sé si llevarme algo que pueda hacer humo para evitar usar el móvil en caso de emergencia, para darle un mayor toque de aventura a la ruta. También nos hace desempolvar las brújulas. La mía no la usaba desde hace centurias y temía que se hubiera quedado sin pilas... 


Esta ruta, ha servido de bautismo para una nueva hambrienta, Ale, que se nota que se encuentra en la montaña como si fuera el salón de su casa y se viene a sumar al comando de la Costa Marrón. ¡¡Casi somos ya mayoría!! Lo bueno abunda.

La ruta en cuestión parte del aparcamiento de Cantocochino, asciende hasta el collado del Cabrón (sí, sí, habéis leído bien), para recorrer la cuerda de Las Milaneras. Ruta exigente, no tanto por la longitud como por la orografía del terreno así como por el desnivel. Aproximadamente 11 Km y 900 m de desnivel. Hay que tener en cuenta que este desnivel se asciende en su totalidad en los primeros 5 km.

La Pedriza nos recibe con fresco. Belice y Eska no dudan en ataviarse con manga larga. Pero ya sabemos lo que pasa cuando la pendiente asoma. Que sobra todo. La primera parte es bastante llevadera, por el interior de un bosquete y ligera pendiente. Nos ponemos al día de los excesos veraniegos y de algunos futuros planes invernales. El ansia nos puede, bueno mejor dicho, me puede. El sendero no tiene pérdida y alcanzamos sin esfuerzo el collado del Cabrón. Paramos a tomar un pequeño aperitivo, antes de enfrentarnos a la parte más dura de la ruta. Ale saca de su mochila, que apenas pesa, un trozo de papel con varias dobleces. Lo va desdoblando poco a poco para no romperlo y qué ven nuestros ojos... Impertérritos nos quedamos ante lo que vemos. ¡¡Oooooh un mapa!! Qué nervios, qué emoción. Es como ver jugar ahora a dos niños con chapas o canicas. Comprobamos la ruta a seguir y continuamos la marcha.






Llegamos a territorio Milhouse. Al igual que un fauno, su piernas humanas se transforman en piernas de cabra y de salto en salto, de roca en roca, va sorteando todo lo que se le pone por delante. Los demás vamos un poco más rezagados, haciendo alguna que otra trepada, eso sí, sin dificultad. A Belice, el centro de gravedad se le traslada a las posaderas, por lo que de vez en cuando hay que darle un pequeño empujoncito. 






Hacemos una pequeña parada para reagruparnos y volver a situarnos en el mapa. Con una visión digna del mismísimo Miró, localizamos ciertas figuras que aparecen señaladas en el mapa. La más característica, el famoso elefante de la Pedriza. Eska lo ve perfectamente, al igual que Ale. Otros ven un dinosaurio, otros un perro orinando... Volvemos a mirar el mapa con detenimiento y la zona en la que visualizábamos el elefante no corresponde con la zona del mapa en la que en realidad está. Entonces lo que veíamos, o bien era un miembro rezagado de la manada de elefantes o estábamos más sugestionados que en una sesión de espiritismo.








Continuamos con las trepadas. En una de ellas, intento pasar por debajo de las piedras, quedándome atascado. Ni para adelante ni para atrás, quedando en situación perfecta para unas prácticas de proctología. Finalmente, con algo de esfuerzo consigo recular.















Conseguimos alcanzar el prado Poyo, donde nos dejamos llevar por nuestros estómagos. Momentazo hambriento, esta vez acompañados por un par de cabras montesas que al olor del jamón vinieron a ver si se escapaba algo. Es posible que se acercaran a saludar a su primo Milhouse. Tememos en cualquier momento un cabezazo de esos que aparecen en los vídeos de la televisión. Berme aprovecha el momento para comerse su noveno o décimo bollycao. Pura vida para las arterias. Las vistas desde aquí son impresionantes. No es de extrañar que este paraje único en el mundo sea la joya de la corona de la sierra de Guadarrama. 




















Después de despedirnos de nuestras amigas las cabras, comenzamos el descenso. Es mucho más sencillo que el de subida, pero la inactividad veraniega pasa factura. Las piernas se van cargando y la fatiga aparece. Son poco más de 6 km, pero se hacen largos. A pesar de que no hemos pasado calor en toda la ruta, en las zonas que quedan sin sombra, ahora sí azota Lorenzo con furia. Menos mal que estos momentos son pocos. De vez en cuando miramos el GPS a hurtadillas, sin que se entere Milhouse, como si de copiar en un examen se tratara.





Parecemos zombis con ganas de llegar al bar. Necesitamos algo fresco. Por fin, alcanzamos el aparcamiento de Cantocochino, que para nuestra sorpresa y alegría, está casi vacío. Ahora sólo nos queda tirarnos en brazos de ese vicio llamado bar. Nos vemos en la siguiente.


MAVERICK